No hay pues, conscientemente,
manera de negarle nada al América, dignísimo campeón del futbol mexicano. No ejerció,
esta vez, una neta superioridad y, por lo tanto no pudo arrasar, como sus parciales
podrían suponer. Pero ganó y lo hizo bien. Primero, porque fue líder de su grupo
durante toda la competencia de fase regular y, luego, con la disposición y la capacidad
necesarias, ganó su grupo en la liguilla y, finalmente, dispuso, con cuanto fue
necesario, del Cruz Azul en una vibrante final. Es cierto: no le fue posible, como en la
anterior temporada, mantener un nivel en su actuación y en su productividad. Esta vez fue
un cuadro que subió y bajó casi de igual manera, pero jamás dejó de estar entre los
mejores. Jugando mal y haciéndolo bien, fue un cuadro parejo, de gran regularidad, aunque
no fuese tan espectacular como lo había sido en otras ocasiones. Le costó trabajo y
provocó muchas dudas su desempeño, porque debió pagar, de algún modo, el precio de
haber sido campeón, y esforzarse al máximo para recompensar el paso. IGNACIO MATUS,
ESTO.