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Vivir con las tormentas cercanas en forma permanente sobre nuestras cabezas, traducidas en escarnios, burlas, señalamientos, opiniones y críticas por parte de todos aquellos que hacen del América paradójicamente su forma de vida y objeto de odio y culto, es ya una costumbre para nosotros.
Sí, todos ellos, periodistas, directivos y propietarios de equipos contrarios que oscilan entre la vulgaridad, mal gusto y el patetismo, muy especialmente el señor de los placebos baratos, ahora el amo y señor de un supuesto “mexicanísimo” equipo y sus olorosas huestes. Sumen en esta parafernalia a la máxima institución educativa del país que se pretende a sí misma como diferente cuando en el fondo y en el mejor de los casos, es una calca de dudosa calidad, más proclive últimamente a defender la inexistente integridad de muchachitos terroristas en practicas de turismo revolucionario que en esforzarse en ser algo mejor cada día en beneficio de nuestra Nación. Y por supuesto, jugadores cuyos tristes y mediocres espíritus están anegados de envidia, rencor y revanchismo en contra de quien es sin lugar a dudas el más grande del fútbol Mexicano.
Para que mencionar a las “otras” aficiones que tan solo piensan, sueñan y cuentan los días y horas para decantar sus míseras proyecciones de grandeza ante la posibilidad de derrotarnos en un juego y así poder llenar sus vacuos depósitos neuronales con una especie de combustible que les permita llegar a casi a rastras a su próximo encuentro ante nosotros, el América, su deidad inversa.
Como les queda grande el nombre América, que sueño imposible pensar que pueden hacernos sucumbir. Porque el América y los Americanistas, aun en las peores circunstancias, hacemos un triunfo de la derrota y una huella perenne el los caminos.
Ayer, hicimos la proeza que ninguno de ellos ha podido hacer; derrotar y humillar en su propio terreno al bicampeón del que se supone es el mejor fútbol del mundo. Si nosotros, que en esta coyuntura de 4 meses nos convertimos en el peor equipo de la primera división del fútbol Mexicano, hicimos bailar la samba y hasta la lambada si ustedes quieren, al bicampeón del fútbol carioca. Sí, el América, el único, el ungido por los Dioses. El que trasciende y el que es.
Aún agonizantes, somos su sombra, cenit y nadir. Sus logros locales son prácticamente nada ante esta hazaña nuestra, no me quiero imaginar si somos Campeones de la Libertadores. ¿Estaremos en los umbrales de un suicidio colectivo de la piara antiamericanista? ¿Pueden soportar nuestro triunfo de ayer? ¿Podrían vivir si vamos más allá que cualquier otro?
Que juego, que clase de epopeya con “canteranos” reales y la excepcionalidad de Cabañas y Domínguez. Vigor, entereza, dignidad, valor, lucha sin cuartel, a vencer o morir. Como Legión Espartana, casi en memoria del Rey Leónidas y sus 300 guerreros, supieron que su destino en Brasil era volver victoriosos por encima del escudo o muertos por debajo del mismo. Fue lo primero para beneplácito, alegría, locura y emoción de todos nosotros.
Por eso somos los más grandes del universo, incomparables, únicos y reales. Ahí querida fauna antiamericanista, es donde subyace nuestra eterna superioridad, en donde radica la diferencia.
Y a todos como siempre, América por los siglos de los siglos……
Pablo Gerardo López Sánchez
pablocaribe@hotmail.com
| PERFIL DE PABLO GERARDO LÓPEZ SÁNCHEZ |
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Nació el 7 de octubre de 1962 en la ciudad de México, D.F. Licenciado en Derecho por la UNAM y Licenciado en Historia por la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Tiene estudios de Posgrado tanto en México como en el extranjero. Vivió en Argentina de donde es su esposa, y a la cual considera su segunda patria. Tiene tres hijos, dos mujeres y un varón que juega en las infantiles del club América en Coapa. Actualmente es Coordinador de Asuntos Jurídicos de una empresa con presencia a nivel mundial. Sus pasatiempos favoritos son el fútbol, ejercicio, lectura y viajar. Católico y políticamente situado a la derecha. Americanista de nacimiento, sangre y convicción “por el favor de Dios”. Siempre y por siempre en el centro de su pecho, el América.
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